El precio de la carne vacuna volvió a dispararse en marzo, con subas de hasta el 20% en algunos cortes. La presión de la oferta limitada y la demanda externa sostienen la tendencia alcista.
El precio de la carne vacuna registró en marzo un incremento promedio del 10,6%, con subas significativas en distintos cortes y una marcada diferencia según el canal de comercialización.
De acuerdo con el relevamiento del Instituto de Promoción de la Carne Vacuna Argentina, el aumento fue más pronunciado en carnicerías, donde los valores treparon un 12,2% mensual, mientras que en supermercados la suba fue del 7,1%.
En términos interanuales, la dinámica sigue siendo contundente: los precios acumulan incrementos del 73,5% en carnicerías y del 57,9% en grandes cadenas, consolidando una tendencia alcista que impacta de lleno en el consumo.
Entre los cortes con mayores aumentos mensuales se destacaron algunos de los más demandados, con subas que superaron el 20%. En ese contexto, el lomo se posicionó como el más caro, con valores que alcanzan los $27.711 por kilo, seguido por cortes como colita de cuadril, peceto y vacío.
En contraste, los cortes más económicos —como la picada común, el osobuco o la falda— también registraron aumentos, aunque continúan siendo las opciones más accesibles para el consumidor.
Brecha de precios y cambio en el consumo
El informe también evidenció una creciente dispersión de precios entre canales de venta. En promedio, la carne resulta más cara en carnicerías que en supermercados, lo que profundiza la búsqueda de alternativas por parte de los consumidores.
En paralelo, el encarecimiento de la carne vacuna impacta en su relación con otras proteínas. Durante marzo, el pollo subió 10,9% y el cerdo 6,3%, aunque siguen siendo opciones más económicas. De hecho, con un kilo de asado se pueden comprar cerca de 3,9 kilos de pollo, lo que refleja un cambio progresivo en los hábitos de consumo.
Menor oferta y presión exportadora
El nuevo salto de precios responde, en gran medida, a una menor oferta de hacienda disponible para faena, tras un período de retención de animales por parte de los productores y ajustes en los sistemas productivos.
A esto se suman los efectos de las condiciones climáticas previas, que afectaron los ciclos de engorde y limitaron el ingreso de animales terminados al mercado, generando presión alcista.
En paralelo, la demanda externa se mantiene firme y continúa absorbiendo parte de la producción, especialmente en cortes de mayor valor, reduciendo la disponibilidad para el consumo interno.

Un contexto estructural ajustado
La dinámica actual también se explica por factores estructurales de la ganadería. Según datos del Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria, el stock bovino argentino ronda los 49,4 millones de cabezas, con una caída de aproximadamente 1,3 millones en el último año.
Este nivel se ubica lejos de los máximos históricos, lo que limita la capacidad de expansión de la oferta. En paralelo, el consumo de carne vacuna, aunque en descenso, se mantiene en torno a los 50 kilos por habitante al año.
Actualmente, el consumo total de proteínas animales en Argentina alcanza unos 116 kilos por persona al año, con una mayor participación del pollo y el cerdo, en detrimento de la carne vacuna.
En este escenario, la combinación de menor oferta, demanda sostenida y recomposición de precios dentro de la cadena ganadera sigue impulsando los valores en mostrador, con impacto directo en la inflación y en el bolsillo de los consumidores.
